La fantasía guarda la más estrecha relación con el deseo, El
deseo tiene su origen y su modelo en la experiencia de satisfacción, a partir
de la cual el objeto de deseo se halla irremediablemente perdido, instaurándose
la falta.
Deseos insatisfechos son entonces las fuerzas pulsionales de
las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una
rectificación de la insatisfactoria realidad.
Esta realidad exterior, a la cual el sujeto debe volcarse
forzado por la necesidad, instaura el principio de realidad, que impone la
renuncia a una cuota de placer. Este renunciamiento doloroso, por cierto, no se
consuma sin asegurar una compensación, a saber la fantasía.
El hombre se ha reservado la fantasía, una actividad psíquica
que le permite seguir gozando de esa libertad que el principio de realidad ha
obligado a ceder.
Freud propone entender la fantasía como los parques
naturales que preservan todo aquello a lo cual el hombre se ha visto a
renunciar, no sin disgusto, en pos de alcanzar fines utilitarios.
El reino de las fantasías es semejante a uno de estos
parques sustraído al principio de realidad. Las fantasías permiten la
adquisición del placer, independientemente de la realidad.
Podemos preguntarnos en este punto entonces ¿por que no
puede este placer ser satisfecho sin más en la realidad exterior? ¿Por qué el
deseo al no encontrar posibilidad de satisfacción real se vuelca a las
fantasías como medio de satisfacción?
Quizás podemos pesquisar la respuesta en los sueños
nocturnos, que al igual que las fantasías son una manifestación del
inconsciente.
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